Lectura del Día 03/10/2023

 

Lectura del Día

Lectura de la profecía de Zacarías 

Zac 8, 20-23

Esto dice el Señor de los ejércitos: "Vendrán pueblos y habitantes de muchas ciudades. Y los habitantes de una ciudad irán a ver a los de la otra y les dirán: ‘Vayamos a orar ante el Señor y a implorar la ayuda del Señor de los ejércitos’. ‘Yo también voy’. Y vendrán numerosos pueblos y naciones poderosas a orar ante el Señor Dios en Jerusalén y a implorar su protección".

Esto dice el Señor de los ejércitos: "En aquellos días, diez hombres de cada lengua extranjera tomarán por el borde del manto a un judío y le dirán: ‘Queremos ir contigo, pues hemos oído decir que Dios está con ustedes’ ".

Evangelio del Día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 

Lc 9, 51-56

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén. Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: "Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?"

Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió. Después se fueron a otra aldea.


Vaticano
Tomado de: https://www.vaticannews.va/es/

Lectura del Día 30/09/2023

 

Lectura del Día

Lectura de la profecía de Zacarías

Zac 2, 5-9. 14-15

En aquellos días, levanté los ojos y vi a un hombre con una cuerda de medir en la mano. Le pregunté: "¿A dónde vas?" El me respondió: "Voy a medir la ciudad de Jerusalén, para ver cuánto tiene de ancho y de largo".

Entonces el ángel que hablaba conmigo se alejó de mí y otro ángel le salió al encuentro y le dijo: "Corre, háblale a ese joven y dile: ‘Jerusalén ya no tendrá murallas, debido a la multitud de hombres y ganados que habrá en ella. Yo mismo la rodearé, dice el Señor, como un muro de fuego y mi gloria estará en medio de ella’ ".

Canta de gozo y regocíjate, Jerusalén,
pues vengo a vivir en medio de ti, dice el Señor.
Muchas naciones se unirán al Señor en aquel día;
ellas también serán mi pueblo
y yo habitaré en medio de ti.

Evangelio del Día

Lectura del santo evangelio según san Lucas

Lc 9, 43-45

En aquel tiempo, como todos comentaban, admirados, los prodigios que Jesús hacía, éste dijo a sus discípulos: "Presten mucha atención a lo que les voy a decir: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres".

Pero ellos no entendieron estas palabras, pues un velo les ocultaba su sentido y se las volvía incomprensibles. Y tenían miedo de preguntarle acerca de este asunto.

Palabras del Santo Padre

Para los discípulos —¡pero también para nosotros! — la cruz es algo incómodo, la cruz es un “escándalo”, mientras que Jesús considera “escándalo” el huir de la cruz, que sería como eludir la voluntad del Padre, a la misión que Él le ha encomendado para nuestra salvación. ¡Nos sucede a todos! En los momentos de devoción, de fervor, de buena voluntad, de cercanía al prójimo, miramos a Jesús y vamos adelante; pero en los momentos en los que viene la cruz, huimos. El diablo, Satanás —como dice Jesús a Pedro— nos tienta. Es propio del espíritu malo, es propio del diablo alejarnos de la cruz, de la cruz de Jesús. La cruz es signo santo del Amor de Dios, es signo del Sacrificio de Jesús, y no debe ser reducida a objeto supersticioso o joya ornamental. Cada vez que fijemos la mirada en la imagen de Cristo crucificado, pensemos que Él, como verdadero Siervo del Señor, ha cumplido su misión dando la vida, derramando su sangre para la remisión de los pecados. Y no nos dejemos llevar a la otra parte, en la tentación del Maligno. Por consiguiente, si queremos ser sus discípulos, estamos llamados a imitarlo, gastando sin reservas nuestra vida por amor de Dios y del prójimo. (Ángelus, 30 de agosto de 2020)


Vaticano
Tomado de: https://www.vaticannews.va/es/

Lectura del Día 07/08/2023

 

Lectura del Día

Lectura del libro de los Números 

Num 11, 4-15

En aquellos días, los israelitas se quejaban diciendo: "¡Quién nos diera carne para comer! ¡Cómo nos acordamos del pescado, que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos y melones, de los puerros, cebollas y ajos! Pero de tanto ver el maná, ya ni ganas tenemos de comer".

El maná era como la semilla del cilantro y su aspecto como el de la resina aromática. El pueblo se dispersaba para recogerlo. Lo molían en el molino o lo machacaban en el mortero; luego lo cocían en una olla y hacían con él una especie de pan, que sabía como el pan de aceite. Por la noche, cuando caía el rocío sobre el campamento, caía también el maná.

Moisés oyó cómo se quejaba el pueblo, cada una de las familias, a la entrada de su tienda. Eso provocó la ira del Señor, y Moisés, también muy disgustado, le dijo al Señor: "¿Por qué tratas tan mal a tu siervo? ¿En qué te he desagradado para que tenga que cargar con todo este pueblo? ¿Acaso yo lo he concebido o lo he dado a luz, para que me digas: ‘Toma en brazos a este pueblo, como una nodriza a la creatura, y llévalo a la tierra que juré darles a sus padres?’ ¿De dónde voy a sacar yo carne para repartírsela a toda la gente, que me dice llorando: ‘Queremos comer carne’? Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues es demasiado pesado para mí. Si me vas a tratar así, por favor, quítame la vida y no tendré que pasar tantas penas".

Evangelio del Día

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

Mt 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: "Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer". Pero Jesús les replicó: "No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer". Ellos le contestaron: "No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados". El les dijo: "Tráiganmelos".

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

Palabras del Santo Padre

Ahora detengámonos en el gesto de bendición de Jesús: Él «tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, y partiendo los panes se los dio» (v. 19). Como se observa, son los mismos signos que Jesús realizó en la Última Cena; y son también los mismos que cada sacerdote realiza cuando celebra la Santa Eucaristía. La comunidad cristiana nace y renace continuamente de esta comunión eucarística. Por ello, vivir la comunión con Cristo es otra cosa distinta a permanecer pasivos y ajenos a la vida cotidiana; por el contrario, nos introduce cada vez más en la relación con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles la señal concreta de la misericordia y de la atención de Cristo. Mientras nos nutre de Cristo, la Eucaristía que celebramos nos transforma poco a poco también a nosotros en cuerpo de Cristo y nutrimento espiritual para los hermanos. (Audiencia general, 17 agosto 2016)


Vaticano
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Lectura del Día 01/08/2023

 

Lectura del Día

Lectura del libro del Éxodo 

Ex 33, 7-11; 34, 5-9. 28

En aquellos días, Moisés tomó la tienda que había llamado "de la reunión" y la colocó a cierta distancia, fuera del campamento, de modo que todo el que deseaba consultar al Señor, tenía que salir fuera del campamento.

Cuando Moisés iba hacia la tienda, todo el pueblo se levantaba, se quedaba de pie a la entrada de sus tiendas y seguía con la vista a Moisés, hasta que entraba en la tienda de la reunión. Una vez que Moisés entraba en ella, la columna de nube bajaba y se detenía a la puerta, mientras el Señor hablaba con Moisés. Todo el pueblo, al ver la columna de nube detenida en la puerta de la tienda de la reunión, se levantaba y cada uno se postraba junto a la entrada de su tienda.

El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo. Luego volvía Moisés al campamento, pero su ayudante, el joven Josué, hijo de Nun, no se alejaba de la tienda de la reunión.

Moisés invocó el nombre del Señor, y entonces el Señor pasó delante de él y exclamó: "¡El Señor todopoderoso es un Dios misericordioso y clemente, lento para enojarse y rico en amor y fidelidad; él mantiene su amor por mil generaciones y perdona la maldad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes, pues castiga la maldad de los padres en los hijos, nietos y bisnietos!"

Al instante Moisés cayó de rodillas y se postró ante él, diciendo: "Si de veras gozo de tu favor, te suplico, Señor, que vengas con nosotros, aunque seamos un pueblo de cabeza dura. Perdona nuestras maldades y pecados, y recíbenos como herencia tuya".

Moisés estuvo con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, los diez mandamientos.

Evangelio del Día

Lectura del santo evangelio según san Mateo

Mt 13, 36-43

En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo".

Jesús les contestó: "El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es el demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”.


Vaticano
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Santoral, SS. AGUSTÍN ZHAO RONG, SACERDOTE Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES CHINOS

Agustín Zhao Rong
El Reino Medio

El Evangelio llegó por primera vez al vasto y poderoso “Reino Medio” (China) en el siglo VI, a través de Siria; sucesivamente, los diferentes emperadores toleraron o reprimieron a la pequeña comunidad de fe plantada allí. La evangelización en la era moderna comenzó en el siglo XVI con la llegada de misioneros europeos, como el jesuita Matteo Ricci, que aprendieron meticulosamente la lengua y las costumbres de este pueblo inmensamente culto. En el siglo XVII, no pocos chinos habían abrazado ya al Señor Jesucristo y su Evangelio. Durante los siglos siguientes, darían testimonio con su sangre de su compromiso con Él.

El protomártir de China

El primer mártir en China fue, de hecho, un fraile dominico español, Fray Francisco Fernández de Capillas, que fue capturado en 1647 en Fujián, durante una ola de persecución anticristiana. Desde la prisión, escribió: “Estoy aquí con otros prisioneros y hemos desarrollado una hermandad. Me preguntan por el Evangelio del Señor…. Vivo aquí con gran alegría… sabiendo que estoy aquí por el Señor Jesucristo. Las perlas que he encontrado aquí estos días no son siempre fáciles de encontrar”. Esas “perlas” eran corazones abiertos, personas hambrientas de Dios. Cuando, en 1648, Fray Francisco fue decapitado, sus hijos espirituales mostrarían su valía: le siguieron 120 mártires entre 1648 y 1930, de los cuales 87 eran cristianos chinos y 33 eran misioneros de diversas comunidades religiosas, nacidos en el extranjero.

El soldado convertido en sacerdote

A finales del s. XVIII, tras la muerte de varios catequistas laicos chinos que se negaron a renunciar a la fe incluso bajo tortura, un soldado chino vivió una serie de acontecimientos que lo transformó en el nombre y el rostro de un gran número de sus compatriotas que habían encontrado al Señor. Sucedió que Zhao Rong fue asignado a la compañía de guardias enviada a escoltar a un misionero francés, el obispo Juan Gabriel Taurin Dufresse, en el largo viaje hacia su ejecución en Pekín. Había algo en el porte de este extranjero, su paciencia ante el sufrimiento y la muerte inminente, que impresionó al soldado. Comenzó a escuchar a este líder de una fe proscrita. Pronto, el soldado pidió el bautismo, tomando el nombre de Agustín. El sacerdote nacido en el extranjero fue asesinado, pero tuvo un hijo espiritual: Agustín Zhao Rong pidió las órdenes sagradas, convirtiéndose en el primer sacerdote diocesano nacido en China. En 1815, el padre Agustín siguió a su padre espiritual hasta la tortura y el martirio.

“Soy cristiano”

Si la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia, como afirmaba Tertuliano en la antigüedad, la Iglesia estaba echando raíces profundas en esta antigua tierra. Siguieron oleadas de persecución, cada una de las cuales trajo consigo nuevos mártires, hasta la rebelión antiimperialista y anticristiana de los bóxers de principios del siglo XX.
Los mártires nacidos en el extranjero sellaron con su sangre el abrazo a esta tierra y a este pueblo de forma tan completa que, como el P. de Capillas, se cuentan entre los santos chinos. Los 87 mártires nacidos en China eran hombres, mujeres y niños -el más joven tenía 9 años y el mayor 79- de todas las clases sociales. Había sacerdotes chinos que se alzaron siguiendo los pasos del padre Agustín Zhao Rong, catequistas laicos, comerciantes, cocineros, agricultores y un adolescente que, ante la amenaza de ser desollado vivo, exclamó: “Cada trozo de mi carne… os dirá que soy cristiano”. A muchos se les ofreció la libertad si apostataban, y se negaron.

No podía haber mayor prueba de que la Iglesia estaba viva en China, o de que el Señor tenía siervos nacidos en China llenos de valor y amor. “Donde yo esté, allí estará mi servidor” (Jn 12,26), había prometido. Esta vasta compañía de mártires chinos estuvo con Él, amando a su Señor, su tierra y su cultura hasta el derramamiento de sangre. El Papa Juan Pablo II los beatificó juntos en el año 2000.