Lectura del Día 07/10/2021
Santoral, ¿Quién es San Bruno, Fundador de la Orden de los Cartujos?

El sabio y devoto cardenal Bona, hablando de los monjes Cartujos, cuya orden fue fundada por San Bruno, y cuyo instituto religioso está por encima de todos los demás, los llama “el gran milagro del mundo: viven en el mundo como si estuviesen fuera de él; son ángeles en la tierra, como Juan Bautista en el desierto”.
San Bruno fue profesor de filosofía y teología en la escuela de Reims, donde mantuvo durante 18 años, un alto nivel en los estudios. Después fue nombrado canciller en la diócesis por el arzobispo Manasés, quien era un personaje indigno de llevar ese alto cargo.
La Iglesia considera la vida de los Cartujos como el modelo perfecto del estado de contemplación y penitencia. Sin embargo, cuando se estableció en Chartreuse, no tenía la menor intención de fundar una orden religiosa. Si sus monjes se extendieron, seis años más tarde por el Delfinado, ello se debió, después de la voluntad de Dios, a una invitación que se les formuló. El conde Rogelio, hermano de Roberto Guiscardo, regaló al santo el fértil valle de La Torre, en la diócesis de Squillace. Ahí se estableció San Bruno con algunos discípulos.
El santo expiró el domingo 6 de octubre de 1101. Luego, los monjes de La Torre enviaron un relato de su muerte a las principales iglesias y monasterios de Italia, Francia, Alemania, Inglaterra e Irlanda, pues era entonces costumbre pedir oraciones por las almas de los que habían fallecido. Ese documento junto con los “elogia” escritos por los 178 que recibieron el relato de su muerte, es uno de los más completos y valiosos que existen.
San Bruno no ha sido canonizado formalmente, pues los Cartujos rehuyen todas las manifestaciones públicas. Sin embargo, en 1514 obtuvieron del Papa León X el permiso de celebrar la fiesta de su fundador, y Clemente X la extendió a toda la Iglesia de occidente en 1674. El santo es particularmente popular en Calabria, y el culto que se le tributa refleja en cierto modo el doble aspecto activo y contemplativo de su vida.
Santoral, ¿Quién es Beato Bartolo Longo?

Graduado en leyes. Edificó el Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya en 1876. Fue Beatificado por Juan Pablo II el 26 de Octubre de 1980.
El Papa Juan Pablo II lo cita muchas veces en su Encíclica sobre el Rosario: Rosarium Virginis Mariae
Bartolo Longo nació en Latiano, en las cercanías de Brindisi, ubicada en el tacón de Italia, el 10 de Febrero de 1841. Sus padres fueron Bartolomé (médico) y Antonia Luparelli (hija de un magistrado). Desde niño se manifiesta muy ingenioso, vivo y de carácter ardiente. A los seis años fue llevado a un internado de los Padres Escolapios, en Francavilla Fontana. Allí hizo toda su primaria y secundaria (11 años). El resto de sus estudios lo realizó en Lecce y Nápoles. Aquí termina sus estudios de derecho en 1864, a los 23 años. Era de temperamento apasionado, su estructura o lo conducía al cielo o al infierno; jamás a un lugar intermedio. Era elegante, buen mozo e inteligente.
En la Universidad se enreda en la moda anticristiana de la época y se dedica a la política, a las supersticiones y al espiritismo: llegó a ser “medium” de primer rango y sacerdote espiritista. Fue su tiempo de alienación juvenil, de búsqueda desenfrenada. El estudio, las diversiones, la música (tocaba piano) y los amigos llenaban su días. No sobraba tiempo para la oración. Y Dios fue desapareciendo de día en día. Por otro lado, la filosofía de Hegel y el racionalismo de Renán lo tenían totalmente atrapado. Empezó a odiar a la Iglesia, organizando conferencias contra ella y alabando a los que criticaban al clero.
Esta experiencia paradójicamente le sirvió de peldaño para redescubrir la fe definitivamente. En este proceso, fueron instrumentos de Dios especialmente dos personas: un profesor amigo (Vincenzo Pepe) y un sacerdote dominico (el Padre Alberto Radente). Su conversión, acaecida el día del Sagrado Corazón de Jesús de 1865, en la Iglesia del Rosario de Nápoles, le llevó a tomar decisiones radicales: abandonó la vida forense y se dedicó a obras de caridad y al estudio de la religión. Incluso renunció a propuestas muy ventajosas para la vida matrimonial.
Dios quiso elegir a este hombre pecador como instrumento para propagar su gloria con la construcción de un santuario dedicado a la Santísima Virgen María, que más tarde se llamaría Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya. Allí, otros pecadores irían a encontrar perdón y paz.
En 1872 se radica en Pompeya por motivos profesionales: la condesa De Fusco le confió la administración de sus propiedades. Le impactó profundamente la miseria humana y religiosa de los pobres campesinos. A raíz de una inspiración especial decide dedicarse al catecismo y a la difusión del Santo Rosario.
En 1876, bajo sugerencia del Obispo de Nola, inicia la “campaña de un ‘sueldo mensual’” para construir un templo en Pompeya. Como resultado de la cooperación humana y la intercesión prodigiosa de María surge un hermoso Santuario. Y en torno a esta construcción nace una ciudad mariana, enriquecida con numerosos institutos de caridad.
El “milagro de Pompeya” es producto de cincuenta años de trabajo incansable, ardiente e inteligente. Miles de niños abandonados recibieron ayuda, un hogar. Miles de personas se dieron a la oración, gracias a los escritos de San Bartolo Longo. Millones de peregrinos visitaron a la Virgen en su nuevo Santuario.
En 1885, siguiendo los consejos de amigos y superiores, San Bartolo Longo contrae matrimonio con la condesa De Fusco, que así se convierte en su colaboradora fiel y generosa. El 9 de Febrero de 1924 muere Mariana De Fusco a los 88 años de edad, siguiéndola el santo italiano, dos años después, el 5 Octubre de 1926.
En 1934 se inicia el proceso canónico para la beatificación; en 1947 Roma emite el decreto de introducción de la causa del Siervo de Dios; y el 26 de Octubre de 1980 Juan Pablo II lo proclama Beato. “Sobre todo puede decirse de él sin exagerar –afirma el Papa en esa oportunidad– que toda su vida fue un servicio permanente a la Iglesia, en nombre de María y por amor a Ella… El Rosario en sus manos, nos dice también a nosotros cristianos del S. XX: “¡Ojalá vuelva a despertarse tu confianza en la Santísima. Virgen del Rosario… Santa, venerada Madre, te traigo todas mis preocupaciones, en ti deposito toda mi confianza, toda mi esperanza!”.
Su espíritu
Gabriel de Rosa, Profesor de la Universidad de Roma y Director del Centro de estudios de historia del “Mezzogiorno”, considera que San Bartolo Longo fue un verdadero precursor de la influencia de los laicos en la Iglesia. “Su construcción –Santuario, Confraternidad, nueva ciudad– fue la respuesta más robusta y solemne que un laico católico podía dar a la cultura filantrópico de la época …”. “Figura indudablemente excepcional de laico católico, que no se dejó distraer por la grandiosidad de sus empresas, por el clamor, el consenso y el disenso que éstas suscitaban; y cuyas resistencias a las insidias y a los ricos del mundo alimentó constantemente con ejemplos nacidos de su propia espiritualidad”.
Un rasgo resaltante de su personalidad fue su profundo amor filial a la Madre de Dios. Quizá pueda considerarse este aspecto como punto de partida y fuente de su fecundidad apostólica. Por las innumerables gracias recibidas, que él atribuye todas a María, siente el irresistible deseo de corresponder “amándola y alabándola, y hacer que otros la amen y alaben”.
Consagró toda su vida a su servicio y a la difusión de su culto, especialmente el Santo Rosario. Empezó fundando una Confraternidad del Rosario, erigiendo un simple altar donde reunía a los campesinos, los instruía y les habituaba al rezo del Rosario. Como vio que Dios bendecía el lugar en abundancia, le surgió la idea de construir allí un templo a la Santísima Virgen, que atrajera a muchos fieles. “Ni yo podía obstaculizar los designios del Señor, cuando me ví en medio de tantos prodigios insólitos, que no sabía ni podía explicar racionalmente… No vi mejor camino que seguir y secundar lo que la Providencia por sí sola estaba obrando”.
El santo italiano llega a Pompeya el 10 de Octubre de 1872. Ese mismo mes tuvo una experiencia espiritual extraordinaria: salió a pasear por los alrededores, y en un lugar denominado Arpaia (donde actualmente existe un pequeño monolito recordatorio), envuelto en una profunda quietud, absolutamente solo, recuerda las palabras de su confesor, el P. Alberto Radente: “Si quieres salvarte, propaga el Rosario. Es promesa de María”.
San Bartolo Longo, transportado interiormente, levanta el rostro y las manos hacia el cielo y grita a María: “Si es verdad que tú has prometido a Santo Domingo que quien propaga el Rosario se salva, yo me salvaré, porque no saldré de esta tierra de Pompeya sin haber propagado aquí tu Rosario”. En ese momento sonó a lo lejos una campana, era la hora del Angelus del medio día. El santo se postró, oró y lloró. Ese saludo fue para él la respuesta esperada.
Pompeya era entonces un lugar abandonado e ignorado. Aún no se habían hecho excavaciones realmente científicas de las ruinas de la Pompeya pagana. La zona era temida por los viandantes, dado que allí se guarecían ladrones y malvivientes. Cuando San Bartolo llegó por primera vez, fue escoltado desde la estación hasta la casa por dos hombres armados con fusil. No había comisaría en el lugar. Lo único importante era una pequeña iglesia parroquial en muy mal estado. Conociendo lo que posteriormente surgió allí, cabe la frase latina “Opera Dei ex nihilo”. Dios crea siempre de la nada. El simple altar se iría a convertir posteriormente en un Santuario célebre, que pronto adquirió carácter internacional; puesto bajo la inmediata jurisdicción del Papa, se torna Basílica Pontificia (a fines del S. XIX).
San Bartolo Longo organiza la primera fiesta del Rosario en el Valle de Pompeya, al año siguiente de su llegada a esas tierras (Oct. 1873). Había visto la pobreza en que vivían los pobladores de la zona y quiso hacer algo por ellos. Por eso, empezó a visitarlos, así se percató de su profunda piedad y respeto a los muertos (su fe en la inmortalidad), vio que éstos eran enterrados sin oraciones y miserablemente. Entonces, pensó que debía comenzar por allí y se le ocurrió hacer una gran rifa de ochocientos premios: rosarios, medallas, estampas de la Virgen del Rosario y centenares de crucifijos. A través de estos premios entraron María y Jesús en esas pobres casas.
Además, con una Confraternidad del Rosario, se ocuparía de prestar asistencia y medicina a los enfermos, ayudar a casarse a jóvenes pobres y dar sepultura a los muertos, acompañándolos y recitando el Rosario. Se consiguió en Nápoles todo lo necesario (de unas damas pías), preparó fuegos artificiales, juegos y una banda de músicos; elementos muy típicos de una fiesta patronal.
Lo central debía ser una misa cantada por el Párroco, y una prédica sobre el Santo Rosario, a cargo de su amigo y confesor, el dominico Padre Alberto Radente.
Como en el pueblo no se veneraba ninguna imagen, expuso una de la Virgen del Rosario a la veneración pública y así esperó la mañana del 3er. domingo de Octubre.
Llegó el domingo tan anhelado, pero cargado de una lluvia torrencial. No hubo fiesta. “Comenzamos mal –pensó san Bartolo–, parece no le agrada a la Señora lo que hago”. Pero luego recapacitó: “De parte mía no debo hacer otra cosa que propagar el Rosario. Veremos si la Señora de parte suya mantiene la promesa hecha a Santo Domingo…”.
Es sabido que el santo italiano no escribió ningún tratado sistemático de mariología. No existe una “mariología de B. Longo”, pero sí toda una catequesis, una devoción y espiritualidad de índole popular. Allí María es presentada no como un simple personaje del pasado, sino como una persona actualmente activa, viva, dotada de sentimientos, fuerte y maternal a la vez: “La Súplica le dice ‘augusta, bendita, buena, querida, coronada, omnipotente por gracia’ y la invoca como “Reina de la paz y del perdón, Madre de los pecadores, nuestra abogada y nuestra esperanza…”. María es para B. Longo lo que él ha experimentado en su vida: una fuerza salvífica, una protagonista en el plan de Dios, una realidad que obra en la historia. En sintonía con la piedad popular, san Bartolo exprime esta realidad viviente de María describiendo los miembros de su cuerpo… las manos, los ojos, los brazos, el corazón… Como persona “viva María actúa, salva, ilumina, perdona”.Con extraordinaria visión pastoral, san Bartolo se percató al año siguiente (la fiesta había resultado) que, fiesta, prédica, rifa, etc. eran como humareda que pasaba… Pero, ¿cómo inducir a la gente al amor y a la fraternidad? Se le ocurrió hacer una misión. Y la misión se hizo a fines de 1875: “todos se reconciliaron con Dios y entre sí, y se adhirieron a la Confraternidad del Rosario” (fundada propiamente el 13.11. 1876).
En una página de “I Quindici Sabati” (Quince Sábados) exprime san Bartolo Longo con simplicidad un método de pastoral popular, de la llamada mariología tipológica: “… como dos amigos que andan juntos frecuentemente llegan a asemejarse incluso en sus costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesucristo y con la Virgen, al meditar los misterios del Rosario y formando juntos una misma vida en la comunión, podemos llegar a asemejarnos a ellos, en cuanto la bajeza humana nos permita, y aprender… el vivir humilde, pobre,… paciente y perfecto”. El pueblo imita a la persona que ama.
Ese mismo año llega a Pompeya por primera vez el Obispo de Nola, para suministrar la Confirmación al término de la misión. B. Longo le expresa su deseo de construir un pequeño altar en honor de la Virgen del Rosario, a lo que el Obispo respondió: “Yo propongo que hagamos, en vez de un altar, una iglesia”. Y desde un balcón del primer piso de la casa de la Condesa de Fusco, señaló: “Aquél es el lugar donde debe ser edificando el templo en Pompeya”. Quince años después el templo estaba construido, inconcluso aún, pero ya consagrado. Posteriormente el Papa León XIII lo declara patrimonio pontificio (1894).
Longo afirma que Pompeya es obra de Dios y no del hombre. El personalmente jamás hubiera edificado tal Santuario sin la palabra autorizada del Obispo y el apoyo incesante de María Santísima.
¿Y la imagen de gracia?
Fue un obsequio del Padre Alberto Radente, que se la compró a un revendedor callejero por sólo 3,40 Liras. Estaba abandonada en un convento de monjas de la Tercera Orden de Santo Domingo, en Nápoles. Cuando Bartolo Longo llegó en la mañana del 13 de Noviembre de 1875 casi desesperado (porque al día siguiente concluía la misión y debía presentarse la imagen al pueblo), en busca de un cuadro pintado al óleo, la Providencia le salió al paso: estaba a punto de comprar un pequeño por 400 Liras, cuando inesperadamente se topa con el Padre Radente en la plaza, que al enterarse de la búsqueda, le ofrece el suyo.
A pesar de no ser del gusto de San Bartolo Longo, pero presionado por las circunstancias y por insistencia de la religiosa que lo guardaba, sin saber qué hacer con él, lo puso en un carro de abono y lo envió a Pompeya (esto nos recuerda muchas de las historias y leyendas sudamericanas de imágenes de María transportadas en carros a sus actuales centros de veneración).
La sencillez de este comienzo humilde contrasta con la magnitud de los frutos sobrenaturales del lugar santo, habiendo atravesado inmensas dificultades hasta llegar a su desarrollo pleno.
Esto puede ser signo de una correcta interpretación de la voluntad de Dios, que de esa manera quiso “besar esa tierra” para consagrarla al servicio de los hombres. Dios renueva así originalmente su pacto salvifico con los hombres en un lugar y en un tiempo determinado, a través de instrumentos simples escogidos por El. Ya en época de Bartolo Longo esta imagen atrajo a miles de peregrinos de todas partes: Madrid, Liverpool, Coblenza, Bruselas, Varsovia, Viena, Suiza, Africa, Oceanía, y toda Italia.
La primera gracia sucede en Nápoles, en el palacio de la calle Tribunali n° 62. Una joven sufría de epilepsia central con fortísimas convulsiones, que se repetían cada tres o cuatro días. A través de la Condesa de Fusco llegaron a enterarse los familiares de la iglesia en construcción, dedicada a la Virgen del Rosario y de lo que Dios ya venía obrando en el Valle. La tía de la joven promete una peregrinación a Pompeya y su colaboración en la obra, si sanaba la sobrina. La niña sanó totalmente y quedó libre para siempre del mal que la aquejaba, a partir del 13 de Febrero de 1876. Dos médicos, que asistían a la joven, fueron testigos del hecho.
A este primer acontecimiento de gracia sucedieron varios otros con el correr del tiempo. El 18 Julio de 1914 acontece en Alemania un hecho, que sumado a otros, daría origen a un gran Movimiento Internacional Schönstatt. Su Fundador, el P. José Kentenich (1885-1968) lee ese día un artículo de Cyprian Froehlich publicado en Die allgemeine Rundschau (núm. 19, 521 ss) sobre san Bartolo Longo y su creación predilecta: el Santuario de Pompeya. J. Kentenich interpretó este hecho como una señal de la Providencia y meditó largamente sobre él: ¿No podría suceder algo semejante también en Schönstatt (Vallendar)? El quería depositar toda la responsabilidad de la formación de los jóvenes seminaristas en manos de María. Era entonces Director Espiritual del Seminario Menor de los PP. Palotinos. Los signos del tiempo, especialmente la segunda guerra mundial, exigían de ellos (seminaristas y superiores) el máximo: la santidad. ¿No estaría en los planes de Dios –se preguntaba– que María, tal como había sucedido en Pompeya, fuese atraída a la pequeña capilla abandonada de San Miguel, del valle de Schönstatt, para establecer allí su trono de gracia y mostrarse como educadora, obrando milagros de transformación interior? Tres meses después nace Schönstatt, hoy difundido en Europa, Asia, África, América y Australia. Es norma de la Providencia Divina valerse de lo pequeño e insignificante para realizar grandes obras en la historia de la salvación. La experiencia de Pompeya sirvió de inspiración y una capilla abandonada llegaría luego a convertirse en un lugar de peregrinación.
El 15 de Agosto de 1877 sale a luz el primer devocionario “I Quindici Sabati” (Los Quince Sábados). A un siglo de distancia (1981) se publica la 75a. edición, con 745.000 ejemplares. Bartolo Longo no se imaginaba que esta obra suya tendría tanta penetración popular.
La “devoción de los Quince Sábados” consiste en prometerle a Dios un rezo por 15 sábados consecutivos, en memoria de los 15 misterios del Rosario, con el fin de honrar a la Santísima Virgen y obtener por su mediación alguna gracia especial.
Esta devoción se basa en una experiencia francesa semejante; tiene una dinámica propia muy acertada: a) la perfecta devoción a María es la imitación de sus virtudes; b) para ello se medita su vida, por orden, un misterio cada sábado; c) se procura conformar la propia acción al contenido de cada misterio, y así; d) se busca santificar todo el día. Con esta práctica san Bartolo buscó unir contemplación con acción. El punto clave radica en la meditación de los misterios. Se pretende evitar así la repetición mecánica de las Avemarías. Puede rezarse en cualquier tiempo, pero especialmente antes de la fiesta del Rosario (1er. domingo de Oct.) y antes del 8 de Mayo, fiesta de la Virgen de Pompeya.
Se aplica el siguiente esquema: una meditación (que siempre consta de tres partes) sobre el misterio correspondiente (ej. primer misterio gozoso, la Anunciación a María, Lc 1,26-55); se resalta una virtud de María (ej. la humildad); se recomienda un propósito en la misma línea; sigue luego una jaculatoria para repetirla durante el día y poder así recordar el propósito. Luego se proponen algunas oraciones a la Virgen de Pompeya y a Jesús, para antes y después de la comunión. Se incluyen algunos ejemplos de santos que encarnaban especialmente la virtud meditada en el día. Finalmente se narran breves historias de gracias concedidas por la Virgen del Rosario de Pompeya.
El devocionario “Los quince sábados” contiene además un apéndice con varias oraciones (Misa con María Santísima, el Rosario en forma breve, Novena a la V. del Rosario, oraciones a Santo Domingo y a Santa Catalina de Siena, Súplica a la Reina del Santo Rosario de Pompeya y una oración final dedicada a san Bartolo Longo).
Como todos los fundadores de la Iglesia, Bartolo Longo no pudo eximirse de las pruebas, que Dios quiso enviarle para forjar en él un verdadero espíritu de fundador y para purificarlo de criterios muy humanos en su actuar.
En una primera época de la construcción del templo, dada la necesidad material para cubrir los costos, B. Longo se vio obligado a recurrir a la nobleza napolitana. La dependencia era considerable, por ser prácticamente la única fuente de entrada.
En Mayo de 1877 se dio un primer hecho purificador, que le ocasionó muchos dolores de cabeza: aparece en el escenario de Pompeya un fenómeno, la “Virgen Liberadora de las plagas” (Madonna liberatrice dai flagelli), simplemente conocida por “Madonna dei Flagelli”, abandonada en una capillita de un villorrio denominado Boscoreale, de la Diócesis de Nola, a 4 Km. de Pompeya. Supuestamente esta Madonna, según comentarios del pueblo, habría hecho un estrepitoso milagro. La noticia corrió de boca en boca, come es costumbre a nivel popular. Y pronto empezaron a caer miles y miles de peregrinos portando velas y dinero para la “Madonna dei Flagelli”. Estas caravanas de peregrinos pasaban por Pompeya sin interesarse del nuevo templo en construcción y ante los ojos de Bartolo Longo, completamente confundido.
Como si esto fuera poco, cuando iba a hacer su colecta acostumbrada golpeando las puertas de los nobles de Nápoles, algunos le preguntaban: ¿Va Ud. ahora a Pompeya? Llévese por favor esto (y se sacaban sus joyas: pendientes, brazaletes, anillos, etc.) a la “Madonna dei Flagelli”; me ha hecho una gracia especial.
Como si esto aún fuera poco todavía, el Obispo de Nola (Mons. Formisano) protestó que hubiera más salidas que entradas en la construcción, se desentendió de la obra dejando solo a san Bartolo, y… para colmo, escribe una carta pastoral al clero y al pueblo de su Diócesis para motivarlos a hacer donaciones para una nueva iglesia dedicada a la “Madonna dei Flagelli” de Boscoreale.
Estocada profunda en el corazón de Bartolo Longo, que no decae en su espíritu de fundador. Como hombre de Dios saca provecho de esas pruebas. Años después escribe estas recomendaciones a todas aquellas personas llamadas por Dios a salvar almas, a construir iglesias, a fundar órdenes, comunidades religiosas y obras de beneficencia: “No se desanimen ante las primeras contradicciones y no dejen la obra de Dios a causa de mortificaciones y contrariedades que, con toda certeza, vendrán de parte de los hombres y del demonio. Continúen mas bien confiando siempre en el socorro divino, teniendo como lema, que cuanto más aceptada sea la obra de Dios, tanto mayor serán las oposiciones y las tentaciones que han de soportarse, pero que al final el Señor triunfará”.
Las obras de Pompeya
Los institutos pompeyanos son, por así decir, la corona del Santuario de Pompeya. El amor a María se expresa en amor a los hombres. La fe se proyecta en obras. “La Virgen no quiere en ustedes, la fe sin la obra de caridad… En este sentido pensamos completar cada acto de fe nuestra con una obra de caridad… Es esto, podemos decir, el pálpito más íntimo de nuestro corazón”.
Fe y caridad se integran y se iluminan; son para Bartolo Longo un binomio indisoluble: “Las obras de la fe han sido siempre una inspiración para obras de caridad, y las obras de caridad, a su vez, han sido siempre preludio de nuevas manifestaciones de religión y de culto”.
El objeto predilecto de las obras de Pompeya son los niños y jóvenes, huérfanos e hijos de encarcelados. No hay límite de permanencia en los Institutos. Una administración central que distribuye equitativamente las ofrendas del Santuario (única fuente de entrada) se encarga del mantenimiento.
Antes de entrar a enumerar las obras de Pompeya, sintetizamos los puntos resaltantes del proyecto de promoción humana de Bartolo Longo:
§ La fuente: “La caridad de Cristo, que es fuego vivo, busca expandirse sobre la tierra y no tiene horizontes”.
§ La Mediadora: “La Reina de la Misericordia… que introdujo en mi corazón la santa resolución de unir al culto la beneficencia”.
§ Humilde realismo: “Un voto secreto del alma, que hacía tiempo guardábamos celosamente en el corazón con una perplejidad, a veces dolorosa, la cual nace del deseo ardiente de realizarlo, y de la evidente insuficiencia, y, diría casi, imposibilidad de los medios …”.
§ Los destinatarios: “Los niños más abandonados (hijos de encarcelados)… que viven en condiciones peores que los huérfanos… que llevan sin culpa la marca de la infamia… sin educación y sin freno… que de a poco se darán al vicio y luego al delito”.
§ La finalidad: “La educación moral y civil de los hijos de encarcelados”.
§ La idea central: Los positivistas afirman que estos niños nacen y están fatalmente destinados a recorrer (como sus padres) el camino de la delincuencia, que ninguna prevención, ninguna educación puede sustraerles de ese trágico fin. A esto contesta san Bartolo Longo: “Nosotros no creíamos en la omnipotencia del mal; creíamos más bien en la fuerza redentora del bien y en la eficacia renovadora de la educación”.
§ La novedad: “Esta es una obra cristiana totalmente nueva… que no existe en Francia, ni en Bélgica ni en otras naciones católicas. Italia sería la primera en poseerla”.
San Bartolo Longo resalta cuatro medios pedagógicos en la formación de la niñez y la juventud, que se encuadran hacia un fin moral y espiritual:
§ El trabajo: “El trabajo, según nuestra escuela, es esencialmente educador: refrena el instinto del bagabundeo, educa a la paciencia, a la obediencia, al respeto a los superiores y a la autoridad; emancipa al hombre de la esclavitud y del servilismo; hace que el hombre sea verdaderamente libre”. “Concuerdo con que el mero trabajo no es medio que pueda educar: yo asocio el trabajo con la oración; elevo el trabajo a oración”. “Además, el trabajo es fuente de bienestar social: suprime la plaga social de la mendicidad; la familia del hombre que trabaja es honesta; en cambio el hombre que no trabaja se apoltrona en el ocio, y el ocio es el padre de los vicios. El trabajo es causa de economía doméstica; es fuente de paz y de unión en el hogar. El trabajo ennoblece al hombre”.
§ El estudio: no tanto como adorno intelectual, “para instruir mentalmente, sino para armonizar la cultura de la mente con la del corazón, el sentimiento del deber y la ley del trabajo; todo sostenido y vivificado por la religión …”.
§ La música: “En mi método educativo es momento muy importante coordinar la fatiga…, o el ejercicio del arte mecánica con el estudio de la música, o con el aprendizaje de instrumentos musicales… En general la música es para mí un elemento de los más relevantes para la educación de esta clase de niños”.
§ La educación física: coordinada con las otras actividades.
Esto constituye el núcleo de toda su concepción educativa. Pero como elemento esencial de su pedagogía permanece la caridad, el amor noble, puro, divino. Como en toda la tradición cristiana, insiste en el encuentro de dos voluntades libres, unidad en un amor recíproco y en un amor común a Cristo: “Ama a tu educador, porque al educarte te ama, y porque representa a la persona de Jesucristo. Ama, instruye y salva al pobre y al abandonado, porque representa la persona de Jesucristo “.
Bajo esta perspectiva han de ser contempladas las obras de Pompeya, que pasamos a enumerarlas en orden de aparición.
1 – La revista “Il Rosario e la Nuova Pompei”, fundada por B. Longo en 1884. En la primera página se afirma lo siguiente: Es un obsequio de B. Longo a los devotos de la Virgen del Rosario de Pompeya, a los amigos y sostenedores de sus obras. Es el órgano formativo e informativo del Santuario.
2 – El Orfanato Femenino. Es el primero de los institutos de beneficencia surgido a la sombra del Santuario. Su fecha de fundación (8.V.1887) coincide con la primera coronación de la Virgen del Rosario. Por una inspiración sobrenatural, B. Longo decidió crear al lado del monumento a la fe (el Santuario) un monumento a la caridad: ese día acogió a la primera huérfana.
3 – El Instituto Masculino de B. Longo. Acoge a unos 300 jóvenes, bajo la orientación de los Hnos. de la Escuela Cristiana. Su origen se remota al año 1891.
4 – Las “Hermanas. Hijas del Rosario de Pompeya”. Fundadas por B. Longo en 1897, según las reglas de la Tercera Orden de Sto. Domingo, para dedicarse al cuidado de los niños y las jóvenes. Es uno de los pocos casos en la historia de la Iglesia, donde un laico deviene fundador de una comunidad religiosa. Son actualmente más de 100.
5 – El Instituto Femenino “Sagrado Corazón”. Es la última promesa del Beato B. Longo convertida en realidad. Data del año 1922.
6 – El Seminario “Bartolo Longo”. Allí se forman los futuros sacerdotes para la asistencia religiosa de millones de peregrinos y la formación cristiana de los alumnos de los diversos Institutos. Surgió en 1949.
7 – La Fundación “Mariana De Fusco-Longo”. Lleva el nombre de la esposa de B. Longo y fue inaugurada en 1965. Su objetivo es acoger a mujeres solas que deciden vivir en Pompeya los últimos años de su existencia.
Carisma de Pompeya
Sin lugar a dudas tiene una doble vertiente: el culto a María y las obras de misericordia, íntimamente unidos.
Lo primero se expresa, por sobre todo, en la devoción del Rosario, no como oración cualquiera, sin como fundamento de la búsqueda particular del hombre de la intercesión de la Madre de Dios. Ello trae consigo la conversión, el espíritu de oración y las obras de caridad.
Respecto a las obras de misericordia, parecieran ser lo más típico de Pompeya. No existe prácticamente algo semejante en otros centros europeos de peregrinación. El binomio fe y caridad, culto y misericordia, es carisma específico transmitido por san Bartolo Longo y que, para bien de tantos hombres, perdura en Pompeya.
Lectura del Día 06/10/2021
Santoral, ¿Quién es Santa María Faustina Kowalska?

Santa Faustina nació en la aldea de Glogoviec, en Swinice Varckie, Polonia, el 25 de agosto de 1905. Fue bautizada dos días después con el nombre de Elena Kowalska, en la Iglesia de San Casimiro. Sus padres tuvieron 8 hijos (Elena es la tercera), a quienes criaron con mucha disciplina, siendo gran ejemplo de vida espiritual. A muy temprana edad, Elena fue llamada a hablar con el cielo. Una indicación de este hecho fue un sueño que ella tuvo a la edad de 5 años. Su madre recuerda que en esa época Elena dijo a su familia. “Yo estuve caminando de la mano de la Madre de Dios en un jardín precioso”. Muchas veces, aún antes de los siete años, la niña se despertaba durante la noche y se sentaba en la cama. Su mamá veía que estaba rezando, y le decía que regresara a dormir o terminaría perdiendo la cabeza. “Oh, no madre”, Elena le contestaba, “mi ángel guardián me debe haber despertado para rezar.”
Elena tenía aproximadamente 9 años cuando se preparó para recibir los sacramentos de la Confesión y la Comunión en la Iglesia de San Casimiro. Su madre recuerda que antes de dejar la casa en el día de su Primera Comunión, Elena besó las manos de sus padres para demostrar su pena por haberles ofendido. Desde aquél entonces, se confesaba todas las semanas; cada vez rogaba a sus padres perdón, besándoles las manos, siguiendo una costumbre Polaca. Esto lo hacía a pesar de que sus hermanos y hermanas no le imitaban.
Vocación
Elena ayudaba en la casa con los quehaceres de la cocina, ordeñando las vacas, y cuidando de sus hermanos. Empezó a asistir al Colegio cuando tenía 12 años de edad, debido a que las escuelas en Polonia estaban cerradas durante la ocupación Rusa. Solo pudo completar tres trimestres, cuando en la primavera de 1919, se notificó a todos los estudiantes mayores, que salieran del colegio para dar cabida a los niños menores. A los 15 años comenzó a trabajar como empleada doméstica y de nuevo sintió muy fuertemente el llamado a la vocación religiosa, pero al presentarle su sentido a sus padres se lo negaron. Varias veces pidió permiso a sus padres para entrar al convento; la misma Santa relata una de estas ocasiones en el diario: “El decimoctavo año de mi vida, insistente pedido a mis padres el permiso para entrar en un convento; una categórica negativa de los padres. Después de esa negativa me entregué a las vanidades de la vida sin hacer caso alguno a la voz de la gracia, aunque mi alma en nada encontraba satisfacción. Las continuas llamadas de la gracia eran para mí un gran tormento, sin embargo intenté apagarlas con distracciones. Evitaba a Dios dentro de mí y con toda mi alma me inclinaba hacia las criaturas, Pero la gracia divina venció en mi alma” (# 8).
Durante ese mismo año tuvo una experiencia que marcó su vida. Fue invitada a una fiesta junto con su hermana Josefina, en el parque de Venecia, en la ciudad de Lodz: “Una vez, junto con una de mis hermanas fuimos a un baile. Cuando todos se divertían mucho, mi alma sufría tormentos interiores. En el momento en que empecé a bailar, de repente vi a Jesús junto a mí. A Jesús martirizado, despojado de sus vestiduras, cubierto de heridas, diciéndome esas palabras: ‘¿Hasta cuándo Me harás sufrir, hasta cuándo Me engañarás?’ En aquel momento dejaron de sonar los alegres tonos de la música, desapareció de mis ojos la compañía en que me encontraba, nos quedamos Jesús y yo. Me senté junto a mi querida hermana, disimulando lo que ocurrió en mi alma con un dolor de cabeza. Un momento después abandoné discretamente a la compañía y a mi hermana y fui a la catedral de San Estanislao Kostka. Estaba anocheciendo, había poca gente en la catedral. Sin hacer caso a lo que pasaba alrededor, me postré en cruz delante del Santísimo Sacramento, y pedí al Señor que se dignara hacerme conocer qué había de hacer en adelante.
Entonces oí esas palabras: ‘Ve inmediatamente a Varsovia, allí entrarás en un convento.’ Me levanté de la oración, fui a casa y solucioné las cosas necesarias. Como pude, le confesé a mi hermana lo que había ocurrido en mi afina, le dije que me despidiera de mis padres, y con un solo vestido, sin nada más, llegué a Varsovia.” Pidió a la Santísima Virgen que la guiara y le dejara saber dónde dirigirse. Así llegó a la Iglesia de Santiago Apóstol en las afueras de Varsovia y, al finalizar las misas, habló con un sacerdote que la envió donde la Sra. Lipzye, una señora muy católica, y se hospedó con ella. Durante su estadía con la familia Lipzye visitó varios conventos pero todas las puertas le fueron cerradas. Pidiéndole al Señor que no la dejara sola, buscaba una respuesta a su oración, pero el Señor quería enseñarle que El siempre responde a nuestras oraciones solo en su tiempo, no en el nuestro.
Santa Faustina se dirigió a las puertas de la Casa Madre de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia en la calle Zytnia, en Varsovia, donde la Madre general la interrogó. Madre Micaela le dijo que fuera a preguntarle al Señor de la casa si Él la aceptaba. Santa Faustina se dirigió a la Capilla y le preguntó al Señor si la aceptaba y escuchó en su corazón: “Yo te acepto; tu estas en mi Corazón”. Ella se dirigió donde la Madre General y le dijo lo que había oído, la Madre repuso, “si el Señor te acepta yo también te acepto, esta es tu casa” (#’s 9 y 10).
La pobreza de Santa Faustina fue su peor obstáculo pues necesitaba recoger dinero para el ajuar. La superiora le sugirió que siguiera trabajando hasta completarlo. Trabajó un año como doméstica para reunir todo el dinero. Durante ese tiempo tuvo muchos retos y obstáculos, pero se mantuvo firme en su decisión, y durante la Octava de Corpus Christi, el 25 de julio de 1925, hizo un voto de castidad perpetua al Señor.
Postulantado
El 2 de agosto de 1925, fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles, entró en la Congregación como Postulante. Pocas semanas después de haber entrado tuvo la tentación de irse del convento. Fue en busca de la Madre Superiora y al no encontrarla se fue a su celda. Estando en su cuarto tuvo una visión de Jesús, con su rostro destrozado y cubierto de llagas. Ella le preguntó “¿Jesús quién te ha herido tanto?” Jesús le contestó: “Esto es el dolor que me causarías si te vas de este convento. Es aquí donde te he llamado y no a otro; y tengo preparadas para ti muchas gracias.” Ella comprendió que Dios realmente la quería ahí y a la mañana siguiente confesó a su director espiritual lo que le había ocurrido. Él le confirmó que realmente Dios la quería ahí.
Como Postulante se familiarizó en sus ejercicios espirituales. Fue encargada de la cocina, de limpiar el cuarto de la Madre Barkiewez y de cuidarla durante su enfermedad. A causa de sus conflictos interiores, su gran fervor espiritual, y el cambio de vida, la salud de Santa Faustina empezó a decaer. Las superioras, alarmadas por el agotamiento que manifestaba, la enviaron a Skolimow, a la casa de descanso, en compañía de dos hermanas.
En los comienzos de 1926, fue enviada al noviciado en Józefów (el lugar de San José) en Cracovia-Lagiewniki, para terminar su Postulantado y el 30 de abril tomó el hábito religioso como novicia y recibió su nombre de Sor María Faustina. Durante la ceremonia le fue revelada la magnitud de sus sufrimientos futuros y a lo que se estaba comprometiendo. Esto duró poco, luego el Señor la llenó de una gran consolación. En este convento de Cracovia-Lagiewniki, Santa Maria Faustina hizo su noviciado, pronunció sus primeros votos y los perpetuos, sirvió como cocinera, jardinera y portera, y pasó los últimos años de su vida terrenal.
En el transcurso de su noviciado un hecho que se conoce mucho es la historia de la escurrida de las papas. Debido a la gran debilidad que sufría, esta tarea se le dificultaba cada día más, entonces empezó a evadirla, pero al poco tiempo se empezó a notar; la Madre Superiora no comprendía que a pesar de su deseo, Sor Faustina no podía hacerlo por su poca fuerza. Un día, cuando hizo su examen de conciencia se quejó al Señor de su debilidad. Escuchó estas palabras: “Desde hoy tendrás más facilidad, pues yo te fortaleceré”. A la noche, confiada por lo que el Señor le había prometido, se apresuró a tomar la olla. La levantó con facilidad y la escurrió perfectamente. Cuando levantó la tapa para dejar salir el vapor, en vez de papas, ella vio ramos de rosas, las más hermosas que jamás hubiese visto. Tratando de comprender esta visión escuchó estas palabras: “Yo cambié tu trabajo tan duro en un ramillete de las más bellas flores, y su perfume sube a Mi Trono”. Después de esto ella buscaba como hacer este trabajo diariamente aun cuando no le tocaba, porque comprendió que le agradaba al Señor.
Para quien la observara desde fuera nada hubiera delatado su extraordinaria y rica vida mística. Cumplía sus deberes con fervor, observaba fielmente todas las reglas del convento, era recogida y piadosa, pero a la vez natural, y alegre, llena de amor benévolo y desinteresado al prójimo. Sus hermanas recuerdan que Santa Faustina fue una grata compañía durante el noviciado y su conducta al orar provocaba en las otras novicias una gran reverencia a la Majestad de Dios.
Toda su vida se concentraba en caminar con constancia hacia la cada vez más plena unión con Dios y en una abnegada colaboración con Jesús en la obra de la salvación de las almas. “Jesús mío – confeso en el diario – Tú sabes que desde los años más tempranos deseaba ser una gran santa, es decir, deseaba amarte con un amor tan grande como ningún alma Te amó hasta ahora” (# 1372).
Durante su vida logró un alto grado de unión de su alma con Dios, pero también tuvo que esforzarse y luchar en duros combates en el camino hacia la perfección cristiana. El Señor la colmó de muchas gracias extraordinarias: los dones de contemplación y de profundo conocimiento del misterio de la Divina Misericordia, visiones, revelaciones, estigmas ocultos, los dones de profecía, de leer en las almas humanas, y desposorios místicos. Colmada de tantas gracias, escribió: “Ni las gracias ni las revelaciones, ni los éxtasis, ni ningún otro don concedido al alma la hacen perfecta, sino la comunión interior del alma con Dios… Mi santidad y perfección consisten en una estrecha unión de mi voluntad con la voluntad de Dios.” (# 1107).
La Noche oscura del alma
Santa Faustina sufrió la mayor parte de su noviciado constantes combates interiores. No podía meditar ni sentir la presencia de Dios. Sufrió fuertes tormentos y tentaciones, aún estando en la capilla. En más de una ocasión, estando en la Santa Misa, sintió que blasfemaba contra Dios, no sentía contento con nada. Hasta las verdades más simples sobre la fe le eran difícil de comprender.
Durante todo este tiempo Santa Faustina no estuvo sola, tuvo la ayuda de su Maestra de Novicias, Sor Joseph Brzoza quien veía en ella grandes gracias venidas de Dios. Aunque Santa Faustina se sentía en ese momento totalmente abandonada por Dios, Sor Joseph le decía: “sepa querida hermana que Dios quiere tenerla bien cerca de El en el Cielo. Tenga gran confianza en Jesús.”
Durante su tercer año de noviciado le fue revelado lo que era ser Alma Víctima. Anota ella en su diario: “El sufrir es una gracia grande; a través del sufrimiento el alma se hace como la del Salvador; en el sufrimiento el amor se cristaliza, mientras más grande el sufrimiento más puro el amor”. (57)
Sor Faustina se ofreció como víctima por los pecadores y con este propósito experimentó diversos sufrimientos para salvar las almas a través de ellos. Durante una hora particular de adoración, Dios le reveló a Santa Faustina todo lo que ella tendría que sufrir: falsas acusaciones, la pérdida del buen nombre, y mucho más. Cuando la visión terminó, un sudor frío bañó su frente. Jesús le hizo saber que aún cuando ella no diere su consentimiento a esto, ella se salvaría y El no disminuiría Sus gracias y seguiría manteniendo una relación íntima con ella. La generosidad de Dios no disminuiría para nada. Consciente de que todo el misterio dependía de ella, consintió libremente al sacrificio en completo uso de sus facultades. Luego escribió lo siguiente en su diario: “De repente, cuando había consentido a hacer el sacrificio con todo mi corazón y todo mi entendimiento; la presencia de Dios me cubrió, me parecía que me moría de amor a la vista de su mirada.”
Durante la Cuaresma de ese mismo año, 1933, experimentó en su propio cuerpo y corazón la Pasión del Señor, recibiendo invisiblemente las estigmas. Únicamente su confesor lo conoció. Ella lo narra así: “Un día durante la oración, vi una gran luz y de esta luz salían rayos que me envolvían completamente. De pronto sentí un dolor muy agudo en mis manos, en mis pies, y en mi costado, y sentí el dolor de la corona de espinas, pero esto fue sólo por un tiempo bien corto.”
Tiempo más tarde, cuando Santa Faustina se enfermó de Tuberculosis, experimentó nuevamente los sufrimientos de la Pasión del Señor repitiéndose todos los Viernes y algunas veces cuando se encontraba con un alma que no estaba en estado de gracia. Aunque esto no era muy frecuente; los sufrimientos eran dolorosos y de corta duración, no los hubiera soportado sin una gracia especial de Dios.
Visión del purgatorio y el infierno
Mientras estaba en Skolimow, casi al final de su Postulantado, Santa Faustina le preguntó al Señor por quién más debía orar y la noche siguiente tuvo esta visión. “Esa noche vi a mi ángel de la Guarda, quien me pidió que lo siguiera. En un momento me vi en un lugar lleno de fuego y de almas sufrientes. Estaban orando fervientemente por si mismas pero no era válido, solamente nosotras podemos ayudarlas. Las llamas que las quemaban no podían tocarme. Mi ángel de la guarda no me dejó sola ni un momento. Yo pregunté a las almas que es lo que más las hacía sufrir. Ellas me contestaron que era el sentirse abandonadas por Dios…Vi a Nuestra Señora visitando a las almas del Purgatorio, la llamaban Estrella del Mar. Luego mi ángel guardián me pidió que regresáramos, al salir de esta prisión de sufrimiento, escuché la voz interior del Señor que decía: ‘Mi Misericordia no quiere esto, pero lo pide mi Justicia’”.
Durante un retiro de ocho días en octubre de 1936, se le mostró a Sor Faustina el abismo del infierno con sus varios tormentos, y por pedido de Jesús ella dejó una descripción de lo que se le permitió ver: “Hoy día fui llevada por un Ángel al abismo del infierno. Es un sitio de gran tormento. ¡Cuán terriblemente grande y, extenso es! Las clases de torturas que vi:
La primera es la privación de Dios;
la segunda es el perpetuo remordimiento de conciencia;
la tercera es que la condición de uno nunca cambiará;
la cuarta es el fuego que penetra en el alma sin destruirla -un sufrimiento terrible, ya que es puramente fuego espiritual,-prendido por la ira de Dios.
La quinta es una oscuridad continua y un olor sofocante terrible. A pesar de la oscuridad, las almas de los condenados se ven entre ellos;
la sexta es la compañía constante de Satanás;
la séptima es una angustia horrible, odio a Dios, palabras indecentes y blasfemia.
Estos son los tormentos que sufren los condenados, pero no es el fin de los sufrimientos. Existen tormentos especiales destinados para almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionado con el tipo de pecado que ha cometido.
Existen cavernas y fosas de tortura donde cada forma de agonía difiere de la otra. Yo hubiera fallecido a cada vista de las torturas si la Omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma encuentre una excusa diciendo que no existe el infierno, o que nadie ha estado ahí y por lo tanto, nadie puede describirlo.”
El Señor fue preparando de esta forma el corazón de Santa Faustina para que por medio de su intercesión se salvaran muchas almas.
Visión del Cielo
El 27 de noviembre de 1936, cuando la debilidad la llevó a la cama, escribió la siguiente visión del cielo: “Hoy día, estuve en el cielo en espíritu, y vi sus bellezas incomparables y la felicidad que nos espera para después de la muerte. Cómo todas las criaturas alaban y dan gracias a Dios sin cesar…Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero es siempre nueva, derramando felicidad para todas las criaturas. Dios me ha hecho entender que hay una cosa de un valor infinito a Sus ojos, y eso es, el amor a Dios; amor, amor y nuevamente amor, y nada puede compararse a un solo acto de amor a Dios.
Dios en su gran majestad, es adorado por los espíritus celestiales, de acuerdo a sus grados de gracias y jerarquías en que son divididas, no me causó temor ni susto; mi alma estaba llena de paz y amor; y mientras más conozco la grandeza de Dios, más me alegro de que Él sea El que es. Me regocijo inmensamente en Su grandeza y me alegro de que soy tan pequeña, ya que siendo tan pequeña, El me carga en Sus brazos y me aprieta a Su corazón” (777-780).
Los siguientes años fueron un entrenamiento del Señor. Ella no sabía lo que Dios estaba haciendo en ella, pero su respuesta era firme e invariable: sí Señor, haz en mí tu voluntad. Algo que ella si veía en todo esto era que el Señor quería su obediencia. Santa Faustina siempre mantuvo una fuerte relación con Dios, sin saber de antemano el camino que Dios trazaba para ella.
Sus últimos días
En los últimos años de su vida aumentaron los sufrimiento interiores, la llamada noche pasiva del espíritu y las dolencias del cuerpo: se desarrolló la tuberculosis que atacó sus pulmones y sistema digestivo. A causa de ello dos veces fue internada en el hospital de Pradnik en Cracovia, por varios meses.
Extenuada físicamente por completo, pero plenamente adulta de espíritu y unida místicamente con Dios, falleció en olor de santidad, el 5 de octubre de 1938, a los 33 años, de los cuales 13 fueron vividos en el convento. Su funeral tuvo lugar dos días más tarde, en la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario que aquel año fue primer viernes de mes. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de la Comunidad en Cracovia – Lagievniki, y luego, durante el proceso informativo en 1966, fue trasladado a la capilla.
En el año 1935, Santa Faustina le escribió a su director espiritual: “Llegará un momento en que esta obra que Dios tanto recomienda parecerá como [si fuera] en ruina completa, y entonces, la acción de Dios seguirá con gran poder, que dará testimonio de la verdad. Ella [la obra] será un nuevo esplendor para la Iglesia, aunque haya reposado en Ella desde hace mucho tiempo” (Diario 378).
De hecho, esto sí sucedió. El 6 de marzo de 1959, la Santa Sede, por información errónea que le fue presentada, prohibió “la divulgación de imagines y escritos que propagan la devoción a La Misericordia Divina en la manera propuesta por Santa Faustina”. Como resultado, pasaron casi veinte años de silencio total. Entonces, el 15 de abril de 1978, la Santa Sede, tras un examen cuidadoso de algunos de los documentos originales previamente indisponibles, cambió totalmente su decisión y de nuevo permitió la práctica de La Devoción. El hombre primariamente responsable por la revocación de esta decisión fue el Cardenal Karol Wojtyla, el Arzobispo de Cracovia, diócesis en la que nació Santa Faustina. El 16 de octubre de 1978, el mismo Cardenal Wojtyla fue elevado a la Sede de San Pedro bajo el título de “Papa Juan Pablo II”.
El 7 de marzo de 1992, se declararon “heroicas” las virtudes de Sor Faustina; el 21 de diciembre de 1992, una curación por medio de su intercesión fue declarada “milagrosa”; y el 18 de abril de 1993, el Papa Juan Pablo II tuvo el honor de declarar a la Venerable Sierva de Dios, Sor Faustina Kowalska, “Beata”.
En 1997 el Papa Juan Pablo II hizo una peregrinación a la tumba de la Beata Faustina en Polonia, le llamó “Gran apóstol de la Misericordia en nuestros días”. El Papa dijo en su tumba “El mensaje de la Divina Misericordia siempre ha estado cerca de mi como algo muy querido…, en cierto sentido forma una imagen de mi Pontificado.”
El 10 de marzo del 2000, se anunció la fecha para la canonización después de ser aceptado el segundo milagro obtenido por su intercesión. El milagro fue la curación del Padre Pytel de una condición congénita del corazón, después de las oraciones hechas por miembros de la congregación de su parroquia el día del aniversario de la muerte de Santa Faustina, en Octubre 5 de 1995.
La Secretaria de la Misericordia de Dios fue elevada a los altares por el Santo Padre el 30 de abril del año 2000, el Domingo de la Divina Misericordia. Es la primera santa que fue canonizada en el año jubilar 2000 y en el milenio.
Al final de la Canonización de Santa Maria Faustina el Santo Padre declaró el segundo domingo de Pascua como el “Domingo de la Misericordia Divina”, estableciendo la Fiesta de la Divina Misericordia que Jesús tanto pedía a Santa Faustina. El Santo Padre dijo: “En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”. Y después de su visita a Polonia en junio del 2002, “para hacer que los fieles vivan con intensa piedad esta celebración, el mismo Sumo Pontífice ha establecido que el citado domingo se enriquezca con la indulgencia plenaria para que los fieles reciban con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo, y cultiven así una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo, y, una vez obtenido de Dios el perdón de sus pecados, ellos a su vez perdonen generosamente a sus hermanos.”

