Santoral, ¿Quién es Beato Agustin, Obispo de Lucera?

Beato Agustin, Obispo de Lucera

Agustín Gazotic nació en Trogir, ciudad de la Dalmacia, en 1260. Tomó el hábito de los frailes predicadores antes de cumplir los veinte años. Estudió en la Universidad de París. El beato predicó con gran fruto a sus compatriotas y fundó en su patria varios conventos de su orden, a los que dio por lema las palabras de San Agustín: “Desde que estoy al servicio de Dios no he conocido hombres más buenos que los monjes que viven santamente, pero tampoco he conocido hombres más malos que los monjes que no viven como debieran”.
Fue enviado a Hungría, donde conoció al cardenal Nicolás Boccasini, legado pontificio, quien sería más tarde Papa con el nombre de Benedicto XI. En 1303, el cardenal Boccasini consagró al Beato Agustín obispo de Zagreb, en Croacia.
El clero y toda la diócesis de Zagreb necesitaban urgentemente una reforma. El beato reunió varios sínodos disciplinares, cuyos cánones puso en ejecución en frecuentes visitas pastorales y fomentó las ciencias sagradas y el estudio de la Biblia mediante la fundación de un convento de la Orden de Santo Domingo. Además, asistió al Concilio ecuménico de Vienne (1311-12). A su retorno, sufrió la persecución del gobernador de Dalmacia, Miladino, contra cuya tiranía y exacciones había protestado.
Tras de regir durante 14 años la diócesis de Zagreb, el beato fue trasladado a la sede de Lucera, en la provincia de Benevento. Ahí trabajó por desarraigar la corrupción moral y religiosa que los sarracenos habían dejado tras de sí.
El beato poseía el don de curar a los enfermos. Su muerte ocurrió el 3 de agosto de 1323. Su culto fue oficialmente confirmado en 1702.

Lectura del Día 03/08/2021

 

Lectura del Día

Del Libro de los Números 12, 1-13

En aquellos días, María y Aarón criticaron a Moisés porque había tomado por esposa a una mujer extranjera. Decían: “¿Acaso el Señor le ha hablado solamente a Moisés? ¿Acaso no nos ha hablado también a nosotros?” Y el Señor los oyó. Moisés era el hombre más humilde de la tierra.

De repente, el Señor les dijo a Moisés, a Aarón y a María: “Vayan los tres a la tienda de la reunión”. Y fueron los tres. Bajó el Señor en la columna de nube y se quedó en la puerta de la tienda. Llamó a Aarón y a María, y los dos se acercaron.

El Señor les dijo: “Escuchen mis palabras. Cuando hay un profeta entre ustedes, yo me comunico con él por medio de visiones y de sueños. Pero con Moisés, mi siervo, es muy distinto: él es el siervo más fiel de mi casa; yo hablo con él cara a cara, abiertamente y sin secretos, y él contempla cara a cara al Señor. ¿Por qué, pues, se han atrevido ustedes a criticar a mi siervo, Moisés?”

Y la ira del Señor se encendió contra ellos. Cuando él se fue y la nube se retiró de encima de la tienda, María estaba leprosa, blanca como la nieve. Aarón se volvió hacia María y vio que estaba leprosa.

Entonces Aarón le dijo a Moisés: “Perdónanos, Señor nuestro, el pecado que neciamente hemos cometido. Que no sea María como quien nace muerta del seno de su madre; mira su carne ya medio consumida por la lepra”. Entonces Moisés clamó al Señor, diciendo: “Señor, ¡cúrala por favor!”

Evangelio del Día

Evangelio según Mateo 14, 22-36

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados.

 

Palabras del Santo Padre

El Evangelio de hoy nos recuerda que la fe en el Señor y en su palabra no abre un camino en el que todo es fácil y tranquilo; no nos aparta de las tormentas de la vida. La fe nos da la seguridad de una Presencia, la presencia de Jesús que nos empuja a superar las tormentas existenciales, la certeza de una mano que nos agarra para ayudarnos a afrontar las dificultades, mostrándonos el camino incluso cuando está oscuro. La fe, en definitiva, no es una vía de escape a los problemas de la vida, sino que nos apoya en nuestro camino y le da sentido. […] Este episodio es una estupenda imagen de la realidad de la Iglesia de todos los tiempos: una barca que, a lo largo de la travesía, debe enfrentarse también a vientos contrarios y a tormentas que amenazan con arrollarla. Lo que la salva no es el valor ni las cualidades de sus hombres: la garantía contra el naufragio es la fe en Cristo y en su palabra. Esta es la garantía: la fe en Jesús y en su palabra. ÁNGELUS 13 de agosto de 2017

 


Vaticano
Tomado de: https://www.vaticannews.va/es/

Santoral, ¿Quién es San Pedro Julián Eymard?

San Pedro Julián Eymard

Pedro Julián Eymard nació en La Mure d’Isère, diócesis de Grenoble (Francia), el 4 de Febrero de 1811 y fue bautizado al día siguiente. Al final de un laborioso recorrido familiar y vocacional, logró entrar en el Seminario Mayor de Grenoble y, en 1834, es ordenado sacerdote. Después de unos años de un ministerio intenso, inicia, en 1839, una experiencia de vida religiosa entrando en la naciente congregación de los Padres Maristas, en Lión. Rápidamente llega a ser el hombre de confianza del fundador, el P. Colin, que le confía diferentes responsabilidades.
Sin embargo, su búsqueda de la voluntad de Dios lo persigue siempre y lo empuja a orientarse cada vez más hacia la Eucaristía por la cual quisiera hacer algo particular. Un momento significativo en ese caminar del P. Eymard fue la experiencia espiritual que tuvo en el santuario lionés de Fourvière, en Enero de 1851. Durante su oración, se sintió «fuertemente impresionado» pensando en el estado de abandono espiritual en el cual se encontraban los sacerdotes seculares, la gran falta de formación de los laicos, el estado lamentable de la devoción al Santísimo y los sacrilegios cometidos contra la sagrada Eucaristía. De ahí le vino, al comienzo, la idea de crear una Tercera Orden masculina dedicada a la adoración reparadora; proyecto que llegará a ser, en los años sucesivos, una congregación religiosa enteramente consagrada al culto y al apostolado de la Eucaristía.
Impedido de realizar este proyecto en el interior de la Sociedad de María, el P. Eymard tuvo que salir del Instituto. Se trasladó a París, y allí, el 13 de Mayo de 1856, funda la Congregación del Santísimo Sacramento. El nuevo Instituto recibe inmediatamente la aprobación del arzobispo, Mons. Sibour, y más tarde, la bendición y la aprobación definitiva del Papa Pío IX (1863).
La Obra empieza muy pobremente en locales alquilados de la calle d’Enfer, donde el día de la Epifanía de 1857, se inaugura oficialmente la fundación con una Exposición solemne del Santísimo Sacramento. Un año después, siempre en París y con la ayuda de Marguerite Guillot, el Padre funda la rama femenina: las Siervas del Santísimo. En 1859, abre una segunda comunidad, en Marsella, y la confía al P. Raymond de Cuers, su primer compañero. Una tercera casa se abrirá en Angers, luego otras dos en Bruselas, y una casa de formación en San Mauricio (diócesis de Versalles).
Durante estos años de vida eucarística, vemos al P. Eymard empeñado en un apostolado que se dirige sobre todo a los pobres de la periferia de París y a los sacerdotes en dificultad; se dedica a la Obra de la primera comunión de adultos y atiende numerosos compromisos en la predicación, centrada principalmente en la Eucaristía. De su actividad, o por lo menos de su espiritualidad, emanarán varias iniciativas a lo largo del tiempo, como es la Agregación del Santísimo, destinada a los laicos, la Asociación de los Sacerdotes Adoradores, inspirada por su celo hacia los sacerdotes, y los mismos Congresos Eucarísticos Internacionales.
Agotado por las responsabilidades de fundador y primer superior general, marcado por las pruebas de toda clase, Pedro Julián Eymard muere en su tierra natal, a la edad solamente de 57 años, el primero de Agosto de 1868. Beatificado por Pío XI, en 1925, fue canonizado por Juan XXIII, el 9 de Diciembre de 1962, al final de la primera sesión del Concilio Vaticano II. Ahora, exactamente 33 años después, el 9 de Diciembre de 1995, fue inscrito en el Calendario Romano y presentado a la Iglesia universal como el Apóstol de la Eucaristía.
La vida y la actividad de san Pedro Julián está centrada en el misterio de la sagrada Eucaristía. Al principio, sin embargo, su enfoque era tributario de la teología de su tiempo, insistiendo sobre la presencia real. Pero, llegará a liberarse poco a poco del aspecto devocional y reparador que teñía de manera casi exclusiva la piedad eucarística de su época, y conseguirá hacer de la Eucaristía el centro de la vida de la Iglesia y de la sociedad. «Ningún otro centro sino el de Jesús Eucarístico».
SU VISIÓN DE LA EUCARISTÍA
«El Santísimo me dominó siempre», escribe en sus notas del último retiro espiritual, caracterizando así de modo incisivo la forma de vida cristiana que él propone. En el centro, la presencia de Cristo en la Eucaristía. Fiel a la teología post-tridentina, Eymard subraya fuertemente el hecho de esta presencia y su carácter único: la Eucaristía es la persona del Señor. De ahí las afirmaciones siguientes con las cuales expresa su fe: «La sagrada Eucaristía es Jesús pasado, presente y futuro… Es Jesús hecho sacramento. Bienaventurada el alma que sabe encontrar a Jesús en la Eucaristía, y en Jesús Hostia todo».
Aún subrayando este aspecto personalista, el P. Eymard tiene la intuición de que esta presencia engendra un dinamismo, que está ligada a una misión: «La gracia del apostolado: la fe en Jesús. Jesús está allí, pues a Él, por Él, en Él». Esta fe en la Eucaristía se nutre de la meditación de la Palabra de Dios. La adoración — que propone como estilo de oración a sus religiosos, y de modo más amplio, a todos los seglares — es un medio de dejarse penetrar por el amor de Cristo. Y esta oración se inspira de la santa Misa. Es por ello que invita a orar según el método de los cuatro fines del Sacrificio, con el propósito de hacer revivir, en el culto eminente de la Eucaristía, todos los misterios de la vida de nuestro Señor, en atención y docilidad con el Espíritu santo, para progresar a los pies del Señor en el recogimiento y la virtud del santo amor… (Cf. Constituciones, n° 15-17). Lejos de encerrarse en sí misma, la adoración debe tender a la comunión sacramental.
EL ALIMENTO DE LA VIDA COTIDIANA
Eymard ha sido un incansable promotor de la comunión frecuente. En este texto del 1863, él expresa claramente el papel central de la Eucaristía: «Convencido de que el sacrificio de la santa Misa y la comunión al cuerpo del Señor son la fuente viva y la cumbre de toda la religión, cada uno tiene el deber de orientar su piedad, sus virtudes y su amor de tal modo que se vuelvan medios que le permitan alcanzar ese fin: la digna celebración y la recepción fructuosa de estos divinos misterios».
El marcha en contra de la práctica de su tiempo. Bajo el pretexto del gran respeto debido al Sacramento, muchos pastores impedían a los fieles acercarse a la mesa eucarística. Escribe en una carta: «El que quiere perseverar que reciba a nuestro Señor. Es un pan que alimentará sus pobres fuerzas, que lo sostendrá. Y es la Iglesia que lo quiere así. Ella aprueba la comunión diaria, como lo atestigua el Concilio de Trenta. Hay gente que dice que tenemos que ser muy prudentes… Yo les digo que este alimento tomado con intervalos tan prolongados no es más que un alimento extraordinario, pero ¿donde está el alimento ordinario que debe sostenerme a diario?»
La comunión, de hecho, debe convertirse en el eje de la vida cristiana: «La santa comunión debe ser el fin de toda vida cristiana: todo ejercicio que no se relaciona con la comunión está fuera de su mejor finalidad» Comulgar fructuosamente es un gesto que cambia la vida: «Nuestro Señor viene sacramentalmente a nosotros para vivir ahí espiritualmente», escribe en sus notas durante el gran retiro de Roma (1865). Algunos meses antes de morir, agregará: «El que no comulga no tiene más que una ciencia especulativa; no conoce nada sino palabras, teorías, de las cuales desconoce el sentido… El alma que comulga no tenía primeramente sino una idea de Dios, pero ahora, lo ve, lo reconoce a la sagrada mesa».
LA FUENTE DE UN MUNDO NUEVO
«Una vida puramente contemplativa no puede ser plenamente eucarística: pues, el hogar tiene una llama», escribía el Padre en 1861. Adorador, él es también apóstol celoso de la Eucaristía y abrió caminos para dar gloria a este misterio. Tratemos de resumir las grandes líneas de su acción y de sus enseñanzas.
Primer objetivo, la renovación de la vida cristiana. No se trata solamente de luchar contra la ignorancia o la indiferencia sino, y sobre todo, de renovar la vida cristiana que se está perdiendo en mil prácticas y devociones, olvidando lo esencial. En el prefacio del Directorio de los Agregados del Santísimo, pone este principio: «El hombre es amor como su prototipo divino: de tal amor, tal vida». Y explica que «todo amor tiene un comienzo, un centro y un fin». A partir de este principio, Eymard saca toda una pedagogía para la vida espiritual: «A fin de que el alma devota se fortalezca y crezca en la vida de Jesucristo, tiene necesidad de nutrirse en primer lugar de su verdad divina y de la bondad de su amor de tal modo que pueda pasar de la luz al amor, y del amor a las virtudes».
Los institutos que él fundó son llamados a vivir de este espíritu de amor cuyo sacramento es la sagrada Eucaristía: «Esta dilección eucarística de Jesús sea, pues, la ley suprema de la virtud, el tema del celo y como la nota característica de la santidad de los nuestros» , escribe en el número tres de las Constituciones. En otras palabras, una comunidad de amor. De la misma manera, él concibe la Agregación como un grupo de seglares que unen la adoración al compromiso apostólico. Por ello establecerá centros de Agregados no solamente alrededor de sus comunidades sacramentinas sino también en muchísimas parroquias. Muy a menudo, san Pedro Julián sueña con encontrar algunos Agregados que, con el propósito de llevar una vida más eucarística, se reunirían en comunidades de familias y formarían en el mundo como un pequeño cenáculo religioso.
El ideal que confía a sus hijos es «prender el fuego del amor eucarístico a los cuatro fines del mundo». Y, en las Constituciones, recomendaba a sus religiosos velar a fin de que «el Señor Jesús sea perpetuamente adorado en su Sacramento y socialmente glorificado en el mundo entero» (n° 2). Ese es el sentido de la expresión reino de la Eucaristía que sale tan a menudo de la pluma del P. Eymard. En un artículo titulado «Le siècle de l’Eucharistie», escrito para la revista Le Très Saint Sacrement que había fundado, Pedro Julián escribe: «El gran mal de nuestra época es que no vamos a Jesucristo como a su Salvador y a su Dios. Se abandona el único fundamento, la única fe, la única gracia de la salvación… Entonces ¿qué hacer? Regresar a la fuente de la vida, pero no al Jesús histórico o al Jesús glorificado en el cielo sino al Jesús que está en la Eucaristía. Tenemos que hacerlo salir de su escondite para que pueda de nuevo colocarse a la cabeza de la sociedad cristiana… Qué venga cada vez más el reino de la Eucaristía: ¡Adve-niat regnum tuum!»
Y, para terminar, he aquí un texto del P. Eymard que la liturgia nos ofrece para el Oficio de las Horas:
LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE VIDA
La Eucaristía es la vida de los pueblos. La Eucaristía les ofrece un centro de vida. Todos pueden encontrarse sin barrera de raza ni de lengua para la celebración de las fiestas de la Iglesia. Les da una ley de vida, la de la caridad cuya fuente es; forma así un vínculo entre ellos, una nueva relación familiar cristiana. Todos comen del mismo pan, todos son comensales de Jesucristo, que crea sobrenaturalmente entre ellos un vínculo de costumbres fraternales. Lean los Hechos de los Apóstoles. Afirman que la multitud de los primeros cristianos: judíos convertidos y paganos bautizados, pertenecientes a diferentes regiones, «no tenían sino un solo corazón y una sola alma» (He 4, 32). ¿Por qué? Porque eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles y en la fracción del pan (He 2,42).
Pues sí, la Eucaristía es la vida de las almas y de las sociedades, como el sol es la vida de los cuerpos y de la tierra. Sin el sol, la tierra sería estéril, él la fecunda, la vuelve bella y rica; él da a los cuerpos la agilidad, la fuerza y la belleza. Ante estos efectos prodigiosos, no es de extrañar que los paganos lo hayan adorado como el dios del mundo. De hecho, el astro del día obedece a un Sol supremo, al Verbo divino, a Jesucristo, que ilumina todo hombre que viene a este mundo y que, por la Eucaristía, sacramento de vida, actúa personalmente, en lo más íntimo de las almas, para formar así familias y pueblos cristianos. ¡Cuán feliz, mil veces feliz, el alma fiel que encontró este tesoro escondido, que va a beber a esta fuente de agua viva, que come con frecuencia este Pan de vida eterna!
La sociedad cristiana es una familia. El vínculo entre sus miembros es Jesús Eucaristía. El es el Padre que aderezó la mesa de familia. La hermandad cristiana ha sido promulgada en la Cena con la paternidad de Jesucristo; él llama a sus apóstoles filioli, hijitos míos, y les manda amarse los unos a los otros como él los ha amado.
En la sagrada mesa, todos son hijos que reciben la misma comida, y san Pablo saca la consecuencia de que no forman sino una sola familia, un solo cuerpo, ya que participan todos del mismo pan que es Jesucristo (I Cor 10, 16-17). En fin, la Eucaristía da a la sociedad cristiana la fuerza de practicar la ley de la caridad y del respeto hacia el prójimo. Jesucristo quiere que uno honre y ame a sus hermanos. Para ello, se personifica en ellos: «Cada vez que lo hagan con uno de mis humildes hermanos, conmigo lo hacen» (Mt 25, 40); y se da a cada uno en comunión.

 

Santoral, ¿Quién es Nuestra Señora de los Ángeles?

Nuestra Señora de los Ángeles

 

En Cartago, ciudad de Costa Rica se encuentra uno de los más importantes santuarios de Centro América en el cual es venerada la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles. La imagen es de piedra y pequeña; sostiene al Niño Jesús en sus brazos y está vestida a la usanza española.

Sobre el origen de su veneración, la tradición cuenta que el 2 de agosto de 1635 saliendo una india anciana a recoger leña seca en el monte, vio sobre una peña una imagen de María con el Niño Jesús en los brazos. Sorprendida ante este hallazgo inesperado, la tomó con cuidado y la escondió en su casa. Volvió al día siguiente al monte, y su asombro fue grande al ver la imagen en el mismo sitio en que la había hallado el día anterior. Pensó que se trataba de una broma pero decidió tomarla de nuevo, la llevó a su casa y la guardó.

Al día siguiente ocurrió lo mismo y llena de temor fue donde el sacerdote del pueblo a contarle lo ocurrido. El sacerdote le pidió a la anciana que le trajera la imagen. Así lo hizo, pero la imagen desapareció nuevamente de casa del sacerdote y volvió a ser hallada en el monte. Pronto se difundió la noticia del maravilloso suceso y se resolvió trasladar a la imagen a la parroquia. Muy pronto se empezó a difundir entre la población la veneración a la santa imagen a quien se le llamaba Nuestra Señora de los Ángeles, por haberse aparecido el día en que la Iglesia celebra a la Virgen de este nombre. A los pocos días, la imagen desapareció del lugar en que la habían colocado y fue nuevamente hallada sobre la roca de la primera aparición. Comprendieron entonces que el deseo de la Virgen era que se erigiera un templo en aquel sitio.

La “Negrita”, como la llaman los costarricenses, fue coronada solemnemente el 25 de abril de 1926.

Santoral, ¿Quién es San Pedro Fabro?

San Pedro Fabro

 

Nació el 13 de abril de 1506, en Villaret, Savoya, en la familia Fabro o Favre, como también se le conoce. Murió 40 años después en Roma.

De joven fue ovejero, aprovechando los domingos para impartir la catequesis a personas menores que él. Era muy estudioso, aprovechando el tiempo para leer. Su educación corrió a cargo de un sacerdote en Thones, y posteriormente estudió en un colegio vecino.

Sin planes específicos para su futuro decidió ir a París, con el apoyo de sus padres. En 1525 Pedro llegó a París, la meca de los estudios de aquel entonces. Mientras realizaba su aprendizaje según el método parisino fue descubriendo su vocación. Al carecer de bienes tuvo que buscar en que Colegio ser admitido gratuitamente. La ocasión se le presentó cuando el de Santa Barbara lo acogió, compartiendo el alojamiento de un joven de Navarra, quien luego sería San Francisco Javier. Ambos jóvenes se volvieron grandes amigos, incluso recibiendo el mismo día el grado de Maestro en Artes.

En la Universidad conoció muy tempranamente a San Ignacio de Loyola y se convirtió en su más avanzado discípulo. Allí juntos constatan la influencia negativa de Lutero y de Farel. Fue ordenado sacerdote en 1534. Ello hizo posible que en agosto de ese mismo año le tocase al padre Pedro recibir los votos que Ignacio y sus cinco compañeros realizaron en Montmatre, dando origen al grupo del que más adelante nacería formalmente la Sociedad de Jesús. A estos seis primeros, tres más se sumarían luego. Ignacio los convocó a encontrarse todos en Venecia, en 1537. Tras algo más de 10 años, Pedro dejó París el 15 de noviembre de 1536.

Después de Ignacio, a quienes todos veían como el líder, Pedro Fabro era considerado por los demás como el más eminente del grupo, como quien mejor había asimilado las ideas de San Ignacio. Se hacía estimar de tal manera por sus profundos conocimientos, su gentileza y por la influencia que ejercía sobre las almas. Mantendrá este lugar de aprecio general durante los años, al punto que en 1541 al elegir Superior de la naciente Compañía, San Francisco Javier y Simón Rodríguez, el fundador en Portugal, pusieron en su voto: “Ignacio, y si no se pudiese Pedro Fabro”. Del mismo parecer eran los demás, empezando por Diego Laínez, quienes consideraban a Fabro como el más maduro y aventajado discípulo de Ignacio y pensaban que cuando el momento llegase lo debería suceder como prepósito general de la naciente orden.

Tras ver frustrado el viaje que deseaban realizar a Tierra Santa y radicarse en Roma, Fabro fue enviado a una Alemania dividida para participar en la Dieta de Worms, en 1540. De allí fue llamado a la Dieta de Ratisbona, en 1541. Fabro ha revelado en sus cartas su impresión negativa sobre las ruinas que el protestantismo había producido en Alemania, y por el estado de decadencia del catolicismo, particularmente en el clero. Llegó a la convicción que el remedio no estaba en discusiones, sino más bien en una reforma radical de los fieles, en especial el clero. Con gentileza y suceso trabajo arduamente en Ratisbona, Espira, Maguncia, e incluso Colonia. Polemizaba, predicaba los ejercicios espirituales y se acercaba a los príncipes, prelados y sacerdotes impresionando a todos por su optimismo ante las adversidades y por la eficacia del apostolado que realizaba incansablemente horrorizado ante la desolación religiosa que encontraba en tantos lugares.

Fue llamado a España y Portugal por San Ignacio, y descubrió el notable contraste entre los pueblos en que trabajo inicialmente y los de la península ibérica, donde la reforma que vería su esplendor en Trento había empezado a echar anticipadamente sus raíces. Fabro, era un hombre de incansable actividad, por lo que se le considera testigo del lema que otro discípulo de Ignacio había acuñado: “contemplativo en la acción”. En España conoció a San Francisco de Borja, quien quedó sumamente impresionado por la personalidad del joven sacerdote. Muchos de los datos de la vida y espiritualidad contemplativa en la acción del Beato Fabro ha sido extraídos de un diario de su vida íntima que empezó en Alemania con el título de “Memorial”.

Volvería a Alemania unos meses después, donde conocería a un joven, Pedro Canisio, quien luego habría de ser un gran santo y apóstol del mundo germánico. Allí reanudó su trabajo espiritual y catequético, trabajando en especial con los jóvenes, buscando despertar las vocaciones que descubría. El Arzobispo de Colonia estaba ya atraído por el luteranismo, que más adelante abrazaría completamente. Fabro trabajó muy intensamente en Colonia, antes de marchar brevemente a Lovaina, en Bélgica, donde trabajando con la juventud también logró que se despertasen muchas vocaciones. Luego volvió a Colonia donde mantuvo una actitud muy enérgica contra los errores que amenazaban la fe y se multiplicó para procurar extirparlos. Algunos lo llaman el Apóstol de Colonia.

Tras esas peripecias como defensor de la fe, retornó a la península ibérica, a Portugal, y luego de España, donde permaneció en las cortes de ambos países. En todos los lugares que visitaba procuraba predicar, dar catequesis, y despertar las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa que encontraba dormidas.

Agotado físicamente por las polémicas contra los adversarios de la fe y por un apostolado tan intenso y en diversos países, con la invitación de ir al Concilio de Trento como delegado de la Sede Apostólica, a los 40 años llegó enfermo de unas fiebres a Roma, el 17 de julio de 1546, para morir cerca de San Ignacio.

Muy pronto se empezó a hablar de él como un hombre de gran santidad, y en especial en Saboya, zona de su nacimiento, se desarrolló un culto que poco a poco se fue extendiendo. El Papa Pio IX decretó el 5 de setiembre de 1872 la confirmación de dicho culto como Beato.

El 17 de diciembre de 2013 el Papa Francisco, con su autoridad de Pontífice, inscribió en el libro de los Santos al sacerdote jesuita Pedro Fabro.